El arte de desaparecer.

Una dosis de impulsos nerviosos que aparecen imperceptibles cada cierto lapso de tiempo. Un tiempo que no existe, solo en mi mente que recibe la dosis de los impulsos, todo va en cámara lenta, mientras los demás andan en cámara rápida. 

En el mismo momento donde todos andan en cámara rápida aprovecho otra ola de impulsos nerviosos y cierro mis ojos, mis latidos disminuyen y con ellos mi silencio aumenta, nadie me nota, solo estoy conmigo, como cuando fui concebida, como cuando dejé ir aquel hijo, como cuando estuve con tantos y tantos estuvieron conmigo, que estuve sola, porque andaba a mi ritmo. Entonces ahí, cuando están todos conmigo es cuando me ausento, cundo desaparezco sin que nadie lo note, porque al estar en el centro de todos, a la vista, es cuando puedo desaparecer. Es un arte que lleva nada de tiempo, sin embargo tiene toda una vida, corta o larga, cargada de impulsos nerviosos, que solo dejan restos de la humedad, cuando aún mis aguas fluían por mi cuerpo vivo, en un mundo rápido al que no alcanzaba, porque siempre estuve andando en cámara lenta y no pude adaptarme a la rapidez del mundo que se abría a otros estadios de más rapidez aún. Y es que dejé el mundo, porque andar en cámara lenta es más rápido que la velocidad que lleva el mundo.

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El tren de las 11:11

Eran las 11:11 justo cuando él abordó el tren casi vacío de almas y egos y yo, estaba ahí en uno de los asientos traseros, tocándome las rodillas y la entrepierna, mirándole, sabiendo que él iba a mirar tarde o temprano.

A mi costado estaba esa mujer de senos enormes y ropas anchas que ocultaban sus carnes blandas y descuidadas, quien observaba con desaprobación e interés al mismo tiempo. Era como si quisiera ser yo y que yo fuese ella. Él se acercó y me miró con deseo animal y la de los senos grandes era espectadora de la escena que comenzaba.

Estiré una de mis piernas sobre las piernas rollizas de la mujer, para que sintiera parte del erotismo limitándose solo a mirar cómo nos comunicábamos él y yo mientras nos seducíamos, en aquella noche oscura que sacaba a la luz los deseos carnales de la gente que salía a buscar placer en la ciudad de fantasías.

Seguía tocándome y provocándolo, miraba a la mujer y ella solo aceptaba ser parte de todo lo que estaba pasando. Decidí excitar a mi amante metiendo mis dedos en mi sexo, al sacarlos estaban llenos de mis fluidos, toqué el pelo de la pobre mujer y ella suspiró y aspiró mi olor, para luego levantarse de su asiento y dirigirse a la puerta para salir y dejarme sola con  aquel hombre que había entrado, sabiendo lo que iba a encontrar en aquel vagón rumbo al olvido de Manhattan.

Caminé arenas de  mares y océanos infinitos, las aguas besaron mil y una noches mis pies, alcancé el último rincón, donde el sol ya no podía esconderse más, y el agua ya no besaba mis pies; entonces atrapé uno de sus rayos, lanza dorada cargada de velocidad y energía, tomé mi arco hecho de bambú japonés, apunté hacia la luna moribunda, lancé el rayo y la encendí a ritmo de las notas “The city of blinding lights” de U2 …

Bailé hasta que la luna recordó sus fases, entonces la tierra volvió a rotar marcha atrás, todo lo que le fue arrancado, le fue devuelto, hasta el principio de la humanidad.
City of the Blinding Lights

 

 


Foto propiedad de la autora y dueña del blog.
Carolina Gómez

PESADILLA POLÍTICA

La noche pasaba tranquila, mucha gente en las mesas conversando animadamente, los camareros iban y venían con platos y tragos para los comensales, la brisa agradable con un toque de tibieza eran perfectos para reclinarme en mi silla de manera cómoda, tocando el suelo con mis pies, sin tener que pensar en que mis piernas de bailarina se quedarían en el aire debido a mi pequeña estatura.
La primera entrada consistía en una sopa de espinacas con especias indias y un toque de quesitos flotantes dentro del pozuelo, con aquella sustancia verde clorofila que prometía ser suave el paladar y para mi estómago que entonaba ruidos de bisagras, dada el hambre que poseía todo mi ser.

Luego unos casabitos con chutney de mango y tomates troceados para esperar el plato principal. 
Mientras todos tomaban y conversaban animadamente, yo observaba tomando un vaso con agua natural y rodajas de limón. 

Los amigos y conocidos llegaban y cada vez el ambiente se tornaba más agradable entre risas y conversaciones simples fundiéndose con el sonido constante que producían las olas del mar.
De repente me encuentro ya durmiendo en mi cama y sueño que la cena se ha convertido en algo gigantesco y grotesco. Mucha gente sentada en una mesa larga con manteles blancos, de esos de tela de lona que dan calor. Había mucho ruido, aire acondicionado en vez de brisa agradable.
Una mujer joven se servía un trozo enorme de dulce de chocolate y comenzaba a comerlo con ansiedad, clavando el tenedor en el mismo, como un ladrón le roba la vida a su víctima con un cuchillo oxidado en el corazón en una noche silenciosa.
Para mi sorpresa, frente a mi, está sentado Willy “El Chamo”, el aspirante a síndico por el municipio de Sosúa. Al mirarle la cara, noto que tiene expresión de placer mezclada con idiotez; continúo observando todo: a la come dulce y su tenedor, el ruido, el aire acondicionado, la cara de estúpido de Willy “El Chamo” y me embarga un sentimiento de soledad, de asco y de rabia al mismo tiempo. Para mi sorpresa algo se mueve debajo de la mesa; levanto el mantel blanco y encuentro hincada a una mujer de piel oscura, pelo largo alisado con químicos, con vestido blanco, corto, transparente y ceñido al cuerpo,chupándole el pitico a Willy. 
Todas las emociones se juntaron en mis intestinos y estómago y una fuerza sobre humana se apoderó de mi ser y halé la morena entacada en stilettos baratos por los pies, la levanté en el aire y la tiré escaleras abajo y al caer aterrizó sin vida, se había desnucado y miré a Willy que ya se disponía a huir, con cara de animal que sabe la muerte lo ha encontrado.
Me despertaron los brazos de mi esposo, que me acurrucaba con tono protector, sonreí y continué durmiendo.

 

LoLa

El tránsito se hacía más escaso y Lola avanzaba por una de las amplias avenidas de la ciudad, que ya tenía las luces de los postes encendidas bajo un cielo estrellado, acompañado todo de una fresca brisa al término del verano.
Esa noche se vistió como una cualquiera, quería llamar la atención de los hombres que deambulaban por las calles. Su vestimenta era un diminuto vestido blanco de látex que dejaba ver su diminuta pero bien proporcionada figura. Caminaba en zapatos altos sobre aceras de relieves no uniformes, lo que hacía que avanzara con torpeza, logrando que los lugareños la miraran más de lo que se había propuesto.
Quería vengarse de Rodolfo, por haber salido de viajes por todo un mes y apenas haberse comunicado con ella bajo el pretexto de que en Cuba la comunicación era mala y casi imposible. Sabía que él andaba con el grupo de amigotes, esos que ella nunca podía conocer, porque era un tema prohibido. Eran amigos de una “logia” que cada vez los apartaba más de lo que hasta hacía unos meses los había mantenido cerca.
Entró a un restaurante caro, directamente al bar, se sentó y pidió un martini con aceitunas, 3, para ser más exacta. Los olores a alcohol, perfumes caros, hombres gordos y mujeres llenas de cirugías plásticas le daban la ventaja a pesar de su vestimenta de puta. Ella resaltaba por la naturalidad con la que se movía, no importaba su atuendo. Los hombres la miraban descaradamente y las mujeres con el rabillo del ojo. Algunas refiriéndose despectivamente sobre ella, otras la miraban con cierta nostalgia y curiosidad.
El bartender le sirvió su martini y ella lo bebió de un sorbo. Pidió otro, pero el bartender le pidió pagara el que ya había tomado. Así lo hizo e inmediatamente le fue servido su segundo martini, esta vez lo saboreó lentamente y aprovechó para mirar a su alrededor. Casi todas las mesas estaban ocupadas con los hombres gordos y las mujeres sobre vestidas, llenas de cirugías y perfumadas. Todo el ambiente parecía una pintura en acrílico hecha por un artista parisino en el Caribe, donde la protagonista era ella.
Fue al baño y se miró detenidamente en el espejo, había perdido algunos kilos, lo que hacía se viera más frágil de lo que realmente era. Se sacó los panties, los metió en su bolso de Hermés , entró un dedo en su vagina y lo pasó por su pelo, volvió a repetir y pasó el dedo por su cara varias veces, hasta que el olor a su sexo podía ser percibido a una distancia cercana.
Retornó al bar, esta vez pidió un Bourbon y lo tomó lentamente, entró el índice en la bebida y luego, sentada en una de las bancas del bar metió tres dedos en su vagina, incluyendo el untado por bourbon, estaba excitada, movió los dedos en su sexo tibio y húmedo y los pasó descaradamente por toda su cara. Se paró y fue a una mesa vacía en una esquina, se sentó en el sillón de piel color vino, abrió las piernas y tomó lo que quedaba del bourbon, estaba loca por ser penetrada allí mismo por cualquiera que quisiera hacérselo como un animal, buscó en el salón completo y encontró con la mirada una mesa llena de hombres. Se paró y fue hasta allá, caminando con una gracia total, dueña de si misma, gracias a los tragos que habían logrado relajarle hasta el sexo. Los hombres, siete para ser exactos, la veían con morbo animal, ella lo notaba cuando ya hubo cruzado el salón y llegado a la mesa, se subió gateando, dejando ver su trasero desnudo y su vagina en forma de toronja pequeña que asomaba por el vestido de látex blanco, al haber subido más arriba de sus nalgas bien formadas.

Los hombres comenzaron a tocarla, hubo uno que le metió tres dedos rápidamente y ella gimió, al gemir los demás comenzaron a tocarla también, la tumbaron sobre la mesa boca arriba, le abrieron las piernas y le rompieron el vestido, dejando a la intemperie sus senos erectos por el placer que le provocaban estos hombres comportándose como animales, como ella quería. Pidieron más bebidas y comenzaron a tirársela encima, ella comenzó a masturbarse con las piernas abiertas, mientras todavía estaba boca arriba sobre la mesa.
Uno de los hombres tomó una pinza para escargots y la entró salvajemente en su sexo, ella gritó de dolor y de placer, los demás comenzaron a ponerse en fila para penetrarla por turnos. Así lo hicieron, pero ella se dio vuelta y colocó sus nalgas de frente a ellos indicándoles que quería ser penetrada por el ano. No hubo resistencia por parte de sus aliados y el primero la penetró con fuerza. Ella gritó por el dolor que le causó, los movimientos eran cortos pero fuertes y la embestía con más fuerza, excitándose este al sentir que el ano de Lola era estrecho y caliente.
Apartándose este primero, llegó el segundo y le abrió aun más las piernas y colocándole un cojín debajo de sus caderas para penetrarla de forma más profunda; Lola volvió a gritar, el tipo le metió los dedos en la vagina y le tocaba el clítoris. Los demás comenzaron a turnarse para que ella les hiciera la felación. La voltearon boca arriba luego de estarla penetrando con fuerza un buen rato. Abrieron sus piernas nuevamente, esta vez para entrarle una botella en su vagina y vaciar el licor dentro de ella para luego beberlo por turnos lamiéndole la vagina y el clítoris. Ella ya no gemía, gritaba de placer. Los ojos cerrados. Quería más.
Le pusieron una manta encima y se la llevaron hasta un yate, encendieron el motor y se fueron lejos, donde ella, por más que gritara, no iba a ser escuchada.
Solo que esta vez, ya dentro del Yate, el juego cambiaba, la iban a penetrar con objetos punzantes por todos sus orificios.
Al otro día Lola no apareció, nadie en el fino restaurante recordó haber visto a esta mujer de miembros pequeños y atractivos y solo el mar pudo ahogar los gritos de Lola, que no dejó de amar un instante a Rodolfo…

Los Hackers Del Sol.

LOS HACKERS DEL SOL.

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El sol no salía y ya eran las 9:00 am de la mañana. Todas y todos estaban perplejos, los perros y gatos estaban sentados en los portales de las casas esperando lo que no llegaba y los niños aunque tenían sus uniformes y mochilas en manos zapateaban los pisos de madera haciendo un sonido rítmico en forma de rito para llamar al sol que no había regresado desde el atardecer anterior.

Mucha gente había llegado de sus trabajos, ya que pensaban que un cataclismo se avecinaba y la tardanza de la luz solar era un signo del mismo.

Había un anciano alemán loco que había construido una torre alta, tan alta que ningún otro edificio le hacía competencia en altura en ningún pueblo del mundo.
Era una torre grotesca, dentro se encontraba una serie de esculturas extrañas hechas por él también, que según su estrambótica imaginación eran artefactos que combatirían las naves sumergidas miles de años atrás en el Océano Atlántico, por extraterrestres, con el objetivo de llevarse toda el agua del planeta tierra, algo como sacado de “La Guerra De Los Mundos” de Orson Welles; pero Tom Cruise no andaba por los pueblos para asegurar que todo iba a llegar a un final feliz y mucho menos Morgan Freeman estaba narrando la historia.

Tímidamente a eso de las 3:00 pm de la tarde un rayo de luz solar salió por el oeste, iluminando todo lo que se encontraba en su recorrido hasta llegar a la torre grotesca del alemán.

La luna se plantó en el horizonte entre los bordes de los Océanos y apoyándose en el pedazo de cielo que abarcaba. Era llena, enorme, de una luz no solar, era una luz prestada por unas baterías escondidas por los hombres de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial y que eran manejadas por unos hackers que se habían robado los códigos del universo que regían el comportamiento del sol y las demás estrellas.

Esto solo lo sabían algunas naciones desarrolladas, las que actualmente crean todo el caos en el mundo, pero ni ellas sabían cómo entorpecer los planes de los hackers, ni mucho menos, dónde se encontraban estos.

El loco de la torre grotesca a través de un alto parlante vociferaba y asustaba a los gatos y perros de los pueblos del mundo, con su voz endemoniada. Los niños que aún estaban con sus uniformes y mochilas en hombros se tapaban los oídos, cerraban los ojitos y abrían sus bocas para que estos alaridos no les perturbaran sus mentes sanas.

Los adultos no hablaban, no miraban, no se movían. Las industrias habían parado sus trabajos, las máquinas habían sido apagadas, los vehículos estaban todos parqueados en sus lugares, los locos se habían peinado y bañado en los mares viendo la luna, siguiendo el único rayo de luz que el sol había prestado. Los borrachos dejaron de beber, los glotones dejaron de comer, los que se quejaban de dolor ahora pasaban sus manos sanadoras sobre los que nunca se enfermaban, que ahora estaban enfermos. Los ancianos se habían hecho jóvenes y los jóvenes habían rejuvenecido más.

Elefante azules caminaban por las calles de los pueblos moviendo sus orejas en señal de alegría.

Las naciones, las “dueñas del mundo”, seguían petrificadas, los grandes políticos y consejeros tenían los pantalones y faldas mojadas y sus bocas y ojos se unían en una gran expresión digna del “Grito”, la pintura de Edvard Munch.

Había corrido el rumor de que los hackers harían contacto con los líderes del “mundo” en pocos minutos. Solo por esto cambiaron la expresión de los ojos, pero las bocas las dejaron igual de abiertas.

De repente el rayo de luz solar que se había trazado un recorrido de oeste a este desapareció y solo la luna quedó en el horizonte de todos los Océanos y mares.

Todo oscureció, los niños salieron a las calles y los adultos no pudieron moverse, el loco de la torre grotesca calló pensando que Hitler llegaba con los extraterrestres y su guerra de los mundos. Los locos ya estaban cuerdos, el silencio era sepulcral, solo los pasos de los niños se escuchaban y cuando todos pero todos los niños saltaron al mismo tiempo, hubo una música universal, la tierra se sacudió, las aguas de las presas volvieron a los ríos y lagos, cosa que hizo que a los chinos se les pusieran redondos los ojos, los metales preciosos y diamantes volvieron a los suelos de África, el petróleo volvió a su lugar por medio de las bocas de los grandes petroleros del mundo, que servían de embudos en miniaturas para que el proceso fuese lo mas lento y limpio posible.

La reina de Inglaterra recogía flores en una de sus propiedades campestres, con una sonrisa digna de lo reina que era.

A Vladimir Putín le dio por andar en tacones, a Obama por ponerse faldas de su mujer, los italianos comenzaron a enderezar la Torre de Pisa, a los griegos por hartarse de uvas, a los extremistas musulmanes por bailar bachata, a Maduro por ponerse verde, a Cristina Kirchner por tuitear fotos de ella con una ametralladora en manos y un cigarro en su boca…

Los bosques comenzaron a llenarse nuevamente de árboles, la capa de ozono cosió sus hoyos, los Icebergs subían hacia los polos, los animales y especies extintas les dieron un susto a los científicos y los niños comenzaron a saltar en los pequeños charcos que se formaban por la lluvia tímida que comenzaba a caer en la tierra.
Al “Rey Don Juan Carlos” de España le tiraron perdigones de hule en el trasero por cazar elefantes, hasta que le salieron orejas de burro.

Al día siguiente el sol salió por el acostumbrado lado este y a la luz de este salieron los hackers de esta revolución, unos chimpancés que se habían escapado de un refugio en Indonesia, llegaron hasta los “grandes líderes” que aún tenían esa mueca del “Grito”, les cerraron las bocas con sus manos peludas, tocando sus dedos con los suyos, como la pintura de Miguel Ángel en “El Juicio Final”, en la Capilla Sixtina.